El lunes Matteo llegó al edificio a las siete y veinte.
Era su hora habitual. Llevaba años llegando entre las siete y las siete y media, antes de que el edificio se llenara, para hacer el trabajo que requería concentración sin interrupciones: los documentos que no cabían en los espacios entre reuniones, los problemas que necesitaban más de veinte minutos seguidos para resolverse de verdad. Las primeras dos horas del día eran el tiempo donde Matteo hacía el trabajo real. El resto del día era ges