Julieta Franzani llegó al edificio el viernes a las nueve menos cuarto.
No era su hora habitual. Julieta era de las que llegaban a las nueve en punto, con la precisión de quien considera que el tiempo es una declaración y que llegar exactamente a la hora programada dice exactamente lo que quiere decir: que nadie espera, que nadie tiene que esperar, que el tiempo de todos es equivalente porque todos son igual de relevantes.
Nueve menos cuarto era cuarenta y cinco minutos antes de lo habitual.
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