El martes amaneció con lluvia.
Barcelona bajo el agua era una ciudad con otro registro. Más quieta, los colores de las fachadas más saturados bajo la luz gris uniforme, el ruido del tráfico amortiguado por el agua sobre el asfalto. El Eixample con sus bloques de cuadrícula vueltos oscuros por la humedad, los toldos recogidos, la gente apresurando el paso entre portal y portal.
Isidora llegó al edificio Franzani con la chaqueta empapada desde los trescientos metros entre el taxi y la puerta de e