El viernes por la mañana, Isidora llegó a las siete y tomó café sola en la cafetería vacía del segundo piso.
Lo necesitaba. No para pensar en Matteo. Para pensar con claridad a pesar de Matteo, que era la distinción que importaba.
Lo que estaba ocurriendo entre ellos era real. No podía ignorarlo. Él estaba cambiando, despacio, de la manera en que cambian las personas cuando descubren que se equivocaron sobre algo que creían conocer. Y ella no era impermeable a ese cambio. No lo había sido nunca