La ciudad de Roma los recibió con su acostumbrada mezcla de grandeza decadente y tráfico caótico. Los cláxones resonaban por las avenidas como gritos de una ópera urbana interminable. Sin embargo, al girar hacia la Vía Ludovisi, el ruido se desvaneció, reemplazado por el eco sutil de un mundo diferente.
El Hotel Eden se alzaba majestuoso sobre la colina Pinciana, envuelto por palmeras y fachadas de estuco crema. Su entrada de mármol, enmarcada por columnas doradas y empleados con guantes blanco