El reloj marcaba las 10:37 de la noche. Desde la terraza de la suite 410 del Hotel Eden, Roma lucía mansa, serena, como si ocultara todos sus pecados bajo el reflejo dorado de las farolas. La brisa era suave, cargada de jazmín. Alessandro estaba sentado en una butaca, leyendo un informe en su tablet, mientras Enzo organizaba discretamente cables y dispositivos cerca del escritorio.
—¿Quiere que pida algo de cenar? —preguntó Enzo, mirando de reojo hacia su jefe, que no se había movido en más de