La mansión Moretti estaba sumida en un silencio elegante cuando Matteo cruzó la entrada principal. Las luces del vestíbulo iluminaban su rostro hinchado y con un pequeño corte en el labio. Caminaba con una mano sujetando el costado, aún resentido por el golpe, intentando pasar desapercibido. Pero no había forma de ocultarlo.
Alessandro estaba allí. De pie, con los brazos cruzados, junto a la chimenea encendida del salón. El brillo del fuego danzaba sobre su rostro imponente y su postura rígida,