El sol apenas se había asomado sobre las colinas, tiñendo de oro pálido los viñedos que rodeaban la Villa Moretti. El canto de las cigarras aún era tenue, presagio de un día caluroso. Dentro del comedor principal, la mañana transcurría con una calma estudiada, casi teatral.
La mesa de desayuno lucía perfecta: vajilla de porcelana blanca con bordes dorados, panecillos recién horneados, una tabla de embutidos y quesos que parecía sacada de una revista, y fruta cortada con precisión casi quirúrgic