El reloj marcaba las 11:42 p.m. cuando Sebastián apagó las luces del auto y tomó el desvío hacia una carretera secundaria, completamente a oscuras. Franklin iba en el asiento trasero, encorvado, cubierto con una chaqueta vieja, los ojos desorbitados y los labios resecos por tanto murmurar entre dientes.
—¿Todo bien? —preguntó Sebastián sin mirarlo del todo.
Franklin no respondió. Solo respiraba rápido, como si estuviera a punto de hiperventilar.
—En cinco minutos nos encontramos con el contacto