El viento en Bogotá tenía esa forma sucia de acariciar los cristales, como si todo en la ciudad estuviera cubierto de polvo y memoria. Valentina miraba por la ventana mientras hablaba por teléfono, su ceño fruncido.
—¿Estás seguro de que lo vieron salir? —preguntó, la voz firme pero inquieta.
—Sí, doctora. Alguien lo estaba siguiendo desde la zona del 7 de agosto. Franklin está paranoico. Dice que un carro negro lo ha estado rondando por horas —respondió la voz al otro lado, uno de sus informan