—¿Tú crees que soy idiota?
La voz de Duarte rompió el aire como un latigazo.
Sebastián apenas había cruzado la puerta de su despacho cuando recibió la primera embestida.
—¿Una escapada romántica con mi hija? ¿A Santa Marta? ¿Sin consultarme?
Sebastián se mantuvo firme, aunque por dentro podía sentir el peso del error.
—No era una operación. Solo fue… un descanso.
Duarte golpeó el escritorio con el puño cerrado.
—¡No das un paso sin que yo lo autorice!
¿Se te olvidó cómo llegaste aquí?
¿O es que