El mar golpeaba suave contra las rocas mientras el cuarto del hotel quedaba en silencio.
Valentina se sentó frente a la ventana, con la bata de lino desabrochada hasta la clavícula y el cabello húmedo.
Sebastián salía de la ducha, envuelto en una toalla, cuando notó la seriedad en sus ojos.
—Tenemos que hablar —dijo ella sin rodeos.
Él asintió, se sentó en la orilla de la cama, y esperó.
Ella no necesitó rodeos.
—Ya no quiero medias verdades, Sebastián.
Quiero tu historia completa.
Quiero saber