El lugar era un café olvidado en una calle lateral, lejos del ruido de la ciudad.
Luz tenue, música suave, dos mesas ocupadas.
Valentina y Tomás llegaron cinco minutos antes de lo pactado.
Ambos vestían ropa sobria, discreta. La tensión se sentía en la piel.
—¿La ves? —preguntó Tomás.
—No todavía. Pero está aquí —respondió Valentina— Nos vigila.
Unos segundos después, una mujer de mediana edad, cabello recogido y gafas oscuras, entró sin mirar a nadie.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y