El eco de los tacones de Isabel resonaba con furia contenida por el pasillo blindado de la Fiscalía General. Aunque oficialmente estaba bajo custodia por su implicación en la red criminal más grande del país, nadie se atrevía a tratarla como a una simple prisionera. Isabel Montenegro aún imponía. Aún dominaba con la mirada. Aún había voces que le susurraban lo que ocurría afuera… y adentro.
—¿Y Salvador? —preguntó con tono bajo, pero cortante.
Uno de los escoltas—uno de los suyos, aún fiel en l