El nombre de Julián Gaitán apareció en la pantalla como un susurro del pasado.
Valentina miraba el archivo en silencio, los ojos clavados en la fotografía que encabezaba el documento: un joven de sonrisa amplia, mirada brillante, vestido de toga y birrete. Era la graduación de derecho. A su lado, con el brazo en el hombro, estaba Sebastián.
—¿Cómo nadie supo de esto? —preguntó Tomás, rompiendo el silencio.
—Porque Isabel se encargó de borrar cada huella —respondió Sebastián, apenas audiblemente