La noche brillaba sobre la ciudad como una promesa envenenada. Las luces de los rascacielos competían con las estrellas, y el salón principal del Hotel Imperial, donde Reyes Industries celebraba su gala anual, parecía el epicentro del universo.
Valentina bajó del auto negro con pasos firmes, el vestido rojo abrazando sus curvas como un pecado hecho seda. Su cabello, recogido en un moño bajo, dejaba al descubierto el cuello largo y elegante que tantas miradas robaría esa noche.
Tomás, a su lado,