El murmullo se apagó cuando las puertas principales del salón se abrieron.
Como en una película perfectamente coreografiada, todos los rostros giraron hacia la entrada.
Y ahí estaba él.
Sebastián Reyes.
Impecable.
Traje negro a la medida, corbata de seda y una presencia que llenaba el salón con una mezcla venenosa de poder y arrogancia. Sus pasos eran seguros, lentos, como quien sabe que el mundo entero le pertenece.
Los flashes de las cámaras, las sonrisas forzadas, los brindis hipócritas... t