La mañana encontró a Valentina y Tomás aún en la oficina de Julián Méndez. Por primera vez en días, habían dormido sin sobresaltos, aunque el descanso no logró borrar la tensión de sus cuerpos. El aroma a café amargo llenaba la sala cuando Julián, con su voz grave, abrió la conversación:
—Si quieren acabar con esto, tendrán que meterse en la boca del lobo.
Valentina alzó la mirada, determinada.
—¿Qué propones?
Julián encendió un cigarrillo, gesto que Valentina recordaba de su infancia, cuando é