03:09 a.m.
Residencia Montenegro – Anapoima.
La noche era densa. El canto de los grillos había cesado, y un silencio eléctrico cubría la finca como si el tiempo estuviera conteniendo el aliento. Isabel caminaba descalza por los pasillos, con una bata de seda y una pistola pequeña entre los dedos.
Sabía que venían por ella.
—¿A cuántos más debo quemar antes de que se detengan? —murmuró, con la voz ronca por el insomnio.
Los informes que llegaban eran como cuchillos: el senador Castaño había sido