Isabel Montenegro arrojó el control remoto contra el televisor. El vidrio estalló en mil fragmentos, como lo estaba haciendo su mundo.
—¡Maldita! —gritó—. ¡Esa maldita niña!
Su equipo de seguridad se mantenía a distancia. Desde el otro extremo de la sala, uno de sus hombres de confianza la observaba sin atreverse a hablar. Isabel caminaba como una fiera enjaulada, el cabello despeinado, las manos temblorosas.
—¿Dónde está el senador Castaño? ¿Y Andrade? ¡¿Por qué no responden sus malditos teléf