El almuerzo fue una sinfonía de sabores y risas. El aroma a pollo asado, a especias y a pan recién horneado llenaba la casa, un olor reconfortante que me hizo sentir que, por primera vez en mucho tiempo, estaba en el lugar correcto. Me senté en una mesa redonda de madera, que estaba en el jardín, rodeada de Lorena y Valentín, que me hablaban de sus viajes, de sus aventuras, de sus vidas. Dumas, que se sentó a mi lado, me tomó la mano por debajo de la mesa y la acarició suavemente, un gesto de a