El trayecto en coche a la casa de los padres de Dumas se sintió como un viaje en el tiempo, un salto de la seguridad de nuestro hogar a un territorio desconocido. Mi corazón latía con fuerza, un tamborileo nervioso que traté de ocultar con una sonrisa forzada. Mis manos, que estaban en mi regazo, estaban húmedas. Los edificios de la ciudad se fueron haciendo más pequeños, y el paisaje cambió a uno de campos verdes y casas grandes y elegantes.
—Aina, mi Lady —me dijo Dumas—. ¿Estás bien?
—Sí, es