La alarma del teléfono sonó, pero mi cerebro, que aún nadaba en la pacífica bruma del sueño, no la registró. La mano de Dumas no estaba a mi lado, la cama se sentía fría y el olor a café no me despertó como usualmente hacía. Me levanté un poco desorientada y, al ver la hora en el reloj de la mesilla de noche, un escalofrío me recorrió la espalda. A las siete y media de la mañana.
¡Se me había hecho tardísimo! Dumas, con su eterna puntualidad, ya debía de haberse ido. Me vestí con prisa, casi o