El sonido de las cajas de cartón deslizándose por el suelo de madera era la música de nuestro fin de semana. No había prisa, no había caos, solo el ritmo suave de dos vidas que se unían. El apartamento de Dumas, que alguna vez me pareció tan elegante y minimalista, ahora se sentía como un hogar, lleno de vida, de color, de caos. Mis libros se apilaban en su estantería, mis perfumes se mezclaban con los suyos en el baño, y mi ropa, mi exorbitante cantidad de ropa, se desbordaba de los armarios.