La mañana después del juicio se sintió diferente. El peso que había cargado por tanto tiempo ya no estaba allí, no tenía incertidumbres sino certezas, el miedo silencioso y la ansiedad constante, se había ido. Sentí una ligereza que no había experimentado desde hacía mucho tiempo. Me desperté en el apartamento de Dumas, en su cama, con el olor a sándalo y a su perfume, que se había vuelto mi perfume favorito, impregnado en las sábanas. Él no estaba, se había ido al trabajo temprano, pero había