La cena fue más que perfecta. Dumas y yo hablamos de todo y de nada, la conversación fluyó con una facilidad que me hizo sentir que éramos viejos amigos, dos almas que se habían encontrado en un momento de caos y que ahora, por fin, tenían un respiro. Me habló de su viaje, de la preocupación que había sentido por su padre, y del alivio de saber que todo estaba bien. Me reí de sus chistes y le conté mis anécdotas más tontas sobre mi infancia en el campo, detalles que no había compartido con nadi