Las dos semanas que siguieron a mi conversación con Dumas fueron, curiosamente, las más tranquilas y productivas de mi vida. La tensión entre nosotros se había disipado, reemplazada por una profesionalidad respetuosa y una calidez subyacente que me hacía sentir cómoda. Dumas y yo hablamos poco de nuestra relación, o de lo que fuera que éramos. Los temas de conversación giraban en torno a la moda, la colección, el equipo de trabajo y, de vez en cuando, sobre algún tema trivial de nuestras vidas.