Los pasos de Máximo resonaban aún en los pasillos de la mansión Moretti cuando Joana se acercó a la ventana del salón principal, mirando hacia el ala norte donde se encontraba la oficina de su hijo. Vittorio se unió a ella, posando una mano sobre su hombro con ternura.
—Sabes lo que implica hablar con Ilein, ¿verdad? —preguntó el patriarca en voz baja—. No solo se trata de nuestra familia, sino de la relación con los Bianchi y la estabilidad de todo el sector en Milán.
—Lo sé, amor —respondió