EL LABERINTO DE CONTI

El olor a humedad, alcohol y perfume barato golpeó a Ilein cuando sus ojos se abrieron completamente. Estaba atada con correas de cuero a los postes de la cama, la boca libre ahora pero la garganta seca como papel arrugado. La habitación era pequeña y sin ventanas, iluminada solo por un foco desnudo que hacía brillar los bordes oxidados de los muebles.

Alessandro Conti estaba sentado en un sillón frente a ella, observándola con una mirada que mezclaba lujuria y odio visceral. Llevaba una camisa
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