La oscuridad de mi habitación se alargaba como las sombras de los Moretti por las calles de Milán. Me sentía como esa seda que tanto amo: fuerte al tacto, pero frágil si la manejan mal. Cuando finalmente el amanecer filtró por mi ventana, me vestí con la blusa de seda blanca que mi abuela me regaló antes de morir. Era mi trozo de tierra, mi conexión con Venezuela, un recordatorio de que, aunque el mundo a mi alrededor se oscurecía, siempre había belleza en la fragilidad. El suave roce de la tel