Las cortinas del atelier se movían suavemente con el viento, y el aroma de tela nueva se mezclaba con el café recién hecho que Camila mantenía caliente en la estufa. Ilein ajustaba la última pieza de su colección —un vestido de seda venezolana color carmesí con bordados de hilo dorado que parecían capturar la luz misma— mientras repasaba una vez más los términos de su contrato con los Moretti.
Había llegado a Milán gracias a una beca completa en Textiles Moretti, la única de su tipo en Europa p