Desde el asiento trasero de su vehículo blindado, Alessandro Conti observaba el paisaje pasar con una expresión fría y calculadora. Sus ojos oscuros reflejaban una furia contenida que llevaba incubando desde que recibió la noticia de la muerte de su hermano. Cerró los puños, sintiendo cómo la cicatriz en su muñeca izquierda le ardía con cada latido de su corazón.
Hacía cinco años que su hermano Federico había caído en manos de los Moretti. Para Alessandro, no había sido solo una muerte: había s