Máximo cruzó la puerta principal, encontrando ya sobre la mesa de operaciones las coordenadas y la confirmación de la hora: dos de la tarde en punto. Alejandro Conti había enviado la información con precisión milimétrica, tal como era su costumbre. Mientras los hombres preparaban los equipos, Máximo se dirigió al área donde estaban almacenados los vehículos, evaluando cada una de las opciones con mirada crítica.
—El encuentro se acordó solo para ti —recordó Salvatore, quien ya esperaba junto a