Ilein se despertó a las siete de la mañana con una crueldad metálica que la devolvió a la realidad de golpe. Durante unos segundos, mientras sus ojos se enfocaban en el techo blanco de su dormitorio, intentó convencerse de que lo ocurrido había sido un sueño febril, una alucinación producto del insomnio. Pero, al intentar incorporarse, un tirón punzante en la cara interna de sus muslos me recordó que cada embestida de Máximo había sido real.
Se deslizó fuera de las sábanas y camino hacia el esp