El invierno milanés había cubierto la hacienda Moretti con un manto de nieve blanca, cada copo depositándose con lentitud sobre los cipreses altos que flanqueaban el camino de entrada, sobre los vitrales del salón principal y sobre los aleros de piedra de la construcción centenaria. Las luces cálidas de las lámparas de araña iluminaban las ventanas desde adentro, donde la mesa de roble macizo había sido adornada con flores rojas y velas doradas para la cena anual de cierre –un ritual que unía a