El cielo de Milán estaba cubierto de nubes grises, como si el mismo firmamento llorara por la partida de Vittorino Moretti. La hacienda se había vestido de luto –las cortinas de las ventanas estaban bajadas, las luces quedaban apagadas salvo las necesarias para guiar el paso de los miles de personas que llegaban desde temprano. Flores negras y blancas adornaban cada rincón: rosas, lirios y claveles que perfumaban el aire frío con un aroma amargo y dulce a la vez.
En el salón principal, converti