Gigiola Lazeroni se quedó atenta durante dos horas en el salón privado del restaurante La Vecchia Osteria, con el vestido rojo escotado que le había costado una fortuna y el pelo rubio platino arreglado hasta el último mechón. Había esperado a Máximo como siempre —ellos tenían un trato establecido desde hacía años: después de cada operación importante, se encontraban allí para olvidarse del mundo, de la mafia, de todos sus problemas. Pero esa tarde, el sol se fue poniendo y él nunca llegó.
—¿