Esa sensación de precaria calma se mantenía en la mansión hasta que el reloj de pared marcó las diez de la noche, y el celular de Máximo comenzó a vibrar sobre la mesa de madera oscura del despacho principal –un número desconocido que no aparecía registrado en su lista de contactos, con un icono que parpadeaba en la pantalla con una luz roja tenue. El sonido de la vibración era bajo pero constante, como un latido extraño que rompía el silencio de la antigua residencia Moretti, como si anunciara