Después de escuchar las palabras de Máximo, Ilein sintió cómo la tensión se acumulaba en su pecho; no quedaba otra opción que aceptar. Con paso firme pero tenso, siguió a Máximo hasta su coche, abriéndose la puerta del pasajero sin esperar que él lo hiciera. Al encender el motor, el silencio dentro del vehículo fue pesado, cargado de recuerdos de las noches que habían compartido: sus manos recorriéndole la piel, su voz ronca susurrándole órdenes en el oído, el calor de su cuerpo contra el de el