El motor del coche rugió por las calles de Manhattan como una bestia herida. Connor no veía semáforos, no veía peatones; solo veía el rostro de Becca, apoyado contra la ventana, con los ojos cerrados y una palidez que bordeaba lo irreal. El aroma metálico de la sangre llenaba el habitáculo, impregnando su ropa, sus manos y el cuero de los asientos. Era un olor que lo perseguiría por el resto de sus días.
Al llegar a la entrada de urgencias del Presbyterian, Connor frenó en seco, dejando el coc