Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuarenta y ocho horas de un silencio sepulcral que se sentía como una lija rozando los nervios de Becca.
En su estación de trabajo en Miller & Associates, Becca intentaba concentrarse en una demanda por incumplimiento de contrato, pero las palabras bailaban frente a sus ojos sin sentido. Su mente regresaba, una y otra vez, al momento en que salió de la oficina de Connor Beaumont dos días atrás. Recordaba la forma en que él la había mirado —con esa mezcla de cinismo y curiosidad— antes de decirle con voz monótona: "Debo pensarlo, Becca. Un movimiento de este calibre no se toma a la ligera. Yo te avisaré". La incertidumbre era una tortura. El tiempo corría en su contra. La boda de Chloe y Rodrigo era el próximo fin de semana en Nueva York. Becca sabía que, si aparecía sola, sería devorada viva. Sería la "pobre Becca", la mujer abandonada y de luto que regresaba para ver cómo su hermana se quedaba con su vida. Necesitaba a Connor. Necesitaba su poder, su apellido y la sombra de peligro que lo rodeaba para que nadie se atreviera a burlarse de ella. Había puesto todas sus esperanzas en el hombre que todos temían, y ahora, él la tenía colgando de un hilo. A mitad de la tarde, cuando el sol de Chicago empezaba a descender tiñendo los edificios de un naranja sucio, Sarah se acercó a su escritorio. —Becca, el señor Beaumont quiere verte. Ahora —dijo la secretaria con una expresión indescifrable. Becca sintió un vuelco en el estómago. Se puso de pie, alisó su falda y tomó una bocanada de aire tan profunda que le dolieron las costillas. Caminó hacia la oficina principal sintiendo que iba hacia su ejecución o hacia su renacimiento. Al entrar, Connor no perdió tiempo en saludos. No hubo cortesía, ni comentarios sobre el clima. Simplemente señaló la silla frente a él con un gesto seco. —Siéntate —ordenó . Una vez que ella estuvo instalada, él deslizó un documento de varias páginas sobre el escritorio. El papel era grueso, de alta calidad, y el membrete de Beaumont & Associates brillaba bajo la luz de la lámpara. —Léelo. Con cuidado —dijo él, cruzándose de brazos y observándola con esos ojos que parecían diseccionar cada uno de sus pensamientos. Becca tomó el documento. Era un contrato de acuerdo matrimonial. Sus ojos escanearon las cláusulas con rapidez, sintiendo cómo el corazón le golpeaba contra el esternón. Duración del matrimonio: Dos años obligatorios. Sin posibilidad de divorcio o separación legal antes de cumplirse el plazo. Comportamiento público: Cero escándalos. Fidelidad absoluta por ambas partes ante los ojos de la prensa y la sociedad. Residencia: Compartir la misma casa, el mismo techo, para mantener la apariencia de un matrimonio sólido y consumado. Becca asintió para sí misma. Eran términos duros, pero lógicos. Estaba dispuesta a cumplirlos. Sin embargo, al pasar a la siguiente página, sus ojos se detuvieron en una cláusula marcada en NEGRITA Y MAYÚSCULAS. "LA CÓNYUGE SE COMPROMETE A PROPORCIONAR UN HEREDERO AL CÓNYUGE DENTRO DEL PRIMER AÑO DE MATRIMONIO". El aire abandonó el cuerpo de Becca como si la hubieran golpeado en el estómago. El papel tembló entre sus dedos. Sus pensamientos volaron instantáneamente a la clínica, al sonido del monitor en silencio y a la voz de Rodrigo gritándole que no servía para ser madre. —¿Un... un heredero? —su voz salió débil, casi inaudible—. Connor no puedes estar hablando en serio. Connor se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. Su expresión era de una seriedad aterradora. —Hablo muy en serio, Becca. Si voy a casarme contigo y poner mi imperio a tu disposición para tu venganza personal, necesito que este trato me beneficie a largo plazo. Mi familia me presiona con la sucesión. Mi abuelo no me entregará el control total del fideicomiso Beaumont hasta que haya un heredero legítimo. Tú quieres destruir a los Sinclair; yo quiero asegurar mi legado. Es un intercambio justo. —No puedo —dijo ella, cerrando los ojos con fuerza—. Connor, tú sabes lo que pasó... yo perdí a un bebé hace poco. No sé si estoy lista para... Connor se encogió de hombros con una indiferencia que la hizo temblar. —Si no aceptas las cláusulas, todas y cada una de ellas, no hay acuerdo. Puedes irte ahora mismo, volver a tu cubículo y ver por televisión cómo Rodrigo y Chloe se casan el próximo sábado. La elección es tuya. Becca volvió a mirar el documento. Recordó la risa de Chloe. Recordó la bofetada de su padre. Recordó la cara de Rodrigo cuando le dijo que era "un saco de grasa sin propósito". La rabia, esa brasa ardiente que la mantenía viva, se avivó en su pecho. Si tenía que entregar su cuerpo una vez más para destruir a quienes la habían aniquilado por dentro, lo haría. Tomó la pluma estilográfica que estaba sobre el escritorio. Con la mano firme, firmó al pie de la última página. Connor sonrió. Fue una sonrisa triunfante, casi depredadora. —Bien hecho, Becca. O debería decir... futura señora Beaumont. Te veo mañana a las nueve en el registro civil. Contraeremos nupcias en una ceremonia privada. El día siguiente fue un borrón de adrenalina y acero. El registro civil de Chicago estaba casi vacío a primera hora de la mañana. No hubo flores, ni música, ni invitados. Becca vestía un traje sastre blanco sencillo, elegante, pero que marcaba su figura con una seguridad que no sentía. Frente al juez, las palabras de compromiso sonaron como una declaración de guerra. Connor, impecable en un traje negro que resaltaba su altura y su porte atlético, pronunció el "sí, acepto" con una voz que hizo eco en el pasillo. Becca respondió de la misma manera, sintiendo el peso de la decisión en cada sílaba. Cuando llegó el momento de los anillos, Connor tomó la mano de Becca. Sus dedos eran cálidos y fuertes. Deslizó una banda de platino con un diamante solitario tan grande que parecía pesar sobre su dedo anular. El contacto de su piel hizo que Becca sintiera una corriente eléctrica. No era amor, era el reconocimiento de que ahora estaban atados por un pacto que solo la sangre o el tiempo podrían romper. —Felicidades, señora Beaumont —dijo el juez. Connor se inclinó y depositó un beso casto en su mejilla. Sus labios rozaron su piel apenas un segundo, pero fue suficiente para que Becca oliera ese aroma a éxito y peligro que lo rodeaba. —Prepárate, Becca —susurró él al oído—. Mañana sale nuestro vuelo privado a Nueva York. Tenemos una boda a la que asistir. Una vez fuera del edificio, Connor subió juntos a ella con un chofer que la llevaría a recoger sus cosas para mudarse a la mansión Beaumont. Becca se quedó un momento sola en la acera, observando el anillo en su dedo. El diamante captaba la luz del sol, enviando destellos cegadores en todas direcciones. Apretó el puño, sintiendo el metal frío contra su piel. —Es hora de volver, Becca —se dijo a sí misma en voz baja, con una determinación que le heló la sangre—. Pero sobre todo, es hora de hacerles pagar por cada lágrima, por cada insulto y por haberme hecho creer que no valía nada. Que se preparen, porque la señora Beaumont va de camino a casa.






