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Capítulo 4. Vine con mi esposa

​Nueva York nunca dormía, pero esa noche, Becca sentía que la ciudad contenía el aliento solo para ella.

​En el lujoso penthouse de Connor en la Quinta Avenida, el silencio era casi absoluto, roto solo por el suave murmullo de la calefacción central. Becca se encontraba frente al espejo de cuerpo entero, dándose los últimos toques. El vestido verde esmeralda caía sobre sus curvas con una precisión matemática. No era el mismo vestido de la noche de la humillación, pero era una réplica exacta, mandada a hacer con la seda más fina que el dinero podía comprar. Quería que el impacto visual fuera total; quería que cada persona que la vio llorar y ser arrastrada por el fango hace cuatro meses, tuviera un déjà vu de su propia crueldad, pero con un final distinto.

​Se ajustó los pendientes de diamantes y se miró a los ojos. Ya no había rastro de la niña que buscaba aprobación. Sus labios, pintados de un rojo profundo, se curvaron en una sonrisa gélida.

​Salió de la habitación y caminó por el pasillo de mármol. Connor estaba sentado en la sala, con la mirada fija en su computador portátil, pero se detuvo en seco al escuchar el rítmico golpe de sus tacones. Al levantar la vista, sus ojos oscuros recorrieron la figura de Becca con una intensidad que casi la hizo retroceder. Dejó la computadora a un lado y se puso de pie, acercándose con esa elegancia felina que lo caracterizaba.

​—Hermosa, Becca —murmuró, su voz vibrando en el pecho de ella—. Sin duda, Nueva York nunca olvidará este día. Has elegido el color de la envidia... y les vas a dar mucha.

​Becca asintió, manteniendo la barbilla en alto.

—Eso espero. He esperado cada maldito segundo de estos cuatro meses para este momento.

​—Es hora entonces —respondió Connor, extendiendo su brazo. Becca lo tomó, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo el traje de seda italiana. Era el momento de entrar a la boca del lobo, pero esta vez, ella era la que tenía los colmillos más largos.

​El trayecto hacia el salón de eventos fue un desfile de luces neón y sombras. Al llegar, el lugar estaba rodeado de limusinas y autos deportivos de las familias más influyentes del país. Becca observó la fachada del edificio a través de la ventanilla tintada y sonrió para sí misma. Esas mismas personas habían sido testigos de su momento más bajo. Eran los mismos que habían susurrado "pobre gordita" mientras ella salía empapada por la lluvia.

​—Entraré primero —dijo Becca, con una voz que no admitía discusión—. Hazlo tú unos cinco minutos después. Quiero verles la cara antes de que sepan que tú estás conmigo.

​Connor soltó una risa corta, llena de una admiración oscura.

—Eres peligrosa, Becca. Anotaré en mi agenda no volverme nunca tu enemigo.

​—Esperemos que no sea necesario —respondió ella.

​El chofer abrió la puerta y Becca descendió. El aire de Nueva York olía a mar y a dinero. Al cruzar el umbral del salón, el tiempo pareció ralentizarse. El murmullo de cientos de voces se fue apagando como una radio perdiendo la señal a medida que ella avanzaba por la alfombra roja. Las cabezas se giraban, las copas de champagne se detenían a mitad de camino.

​—¿Es ella? —escuchó un susurro.

—No puede ser... miren ese vestido. Es el mismo…

​Becca no se detuvo. Caminó con una gracia imponente, ignorando los cuchicheos, con la mirada fija en su objetivo. Al fondo del salón, cerca del estrado principal, su padre, Arthur Sinclair, y Rodrigo Wester hablaban con un grupo de inversores. Ambos lucían radiantes, con esa arrogancia que solo da la impunidad.

​Al verla acercarse, ambos callaron. El rostro de Arthur pasó de la sorpresa al fastidio en un segundo. Rodrigo, por su parte, endureció la mandíbula.

​—¿Qué haces aquí? —fue lo primero que dijo Arthur, sin siquiera un saludo, con una voz cargada de veneno.

​Becca sonrió con una amargura que supo ocultar tras una máscara de cortesía perfecta.

—Chloe me envió una invitación muy... insistente. Pensé que no podía faltar a semejante evento familiar. Después de todo, no todos los días se celebra una traición con tanto lujo.

​Arthur soltó un bufido molesto, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba. Rodrigo dio un paso al frente, con esa sonrisa condescendiente que solía usar para destruirla.

​—Espero que te hagas en una esquina y no arruines esto, Becca —dijo Rodrigo con desprecio—. Te pediría que trataras de volverte invisible, pero con ese volumen tuyo es físicamente imposible. Sigues igual de gorda, veo que Chicago no te sentó bien.

​Becca recibió el insulto sin parpadear. En otro tiempo, se habría encogido. Ahora, simplemente lo observó como quien mira a un insecto molesto. Arthur la recorrió de arriba abajo con la mirada y negó con la cabeza en un reproche público.

​—Das vergüenza —susurró su padre—. Vienes aquí con el mismo vestido de esa noche, recordándole a todo el mundo tu fracaso. Vete antes de que llame a seguridad.

​Pero antes de que Arthur pudiera dar un paso, los murmullos del salón se volvieron un rugido. El ambiente cambió de golpe. Becca vio cómo la mirada de Rodrigo se desviaba hacia la entrada principal y, de repente, toda la sangre desapareció de su rostro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y un ligero temblor sacudió sus hombros.

​—Connor... Beaumont —balbuceó Rodrigo, con un miedo que no pudo ocultar.

​Arthur Sinclair se tensó como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica. Se giró lentamente, y al ver al hombre que avanzaba por el salón, su expresión fue de terror puro. Connor Beaumont caminaba como si fuera el dueño del edificio, de la ciudad y de las vidas de todos los presentes. Su sola presencia recordaba a cada hombre en esa sala que el gigante había vuelto, y que venía por lo que era suyo.

​Ver el miedo en los ojos de su padre fue el alivio más grande que Becca había sentido en su vida. Era como si el peso de años de maltrato empezará a evaporarse.

​Connor llegó hasta ellos con una calma aterradora. Ignoró la mano que un inversor intentó estrecharle y se plantó frente a los dos hombres.

​—Rodrigo. Arthur —saludó Connor, con una voz tan suave que resultaba letal.

​Rodrigo, tratando de recobrar una compostura que ya había perdido, se aclaró la garganta.

—No eres bienvenido aquí, Beaumont. Retírate ahora mismo antes de que causemos un escándalo.

​Connor sonrió, pero era la sonrisa de un tiburón antes de morder.

—Cuánta hostilidad, Rodrigo. Relájate. Solo estaré aquí poco tiempo. No tengo interés en tu boda, pero mi esposa insistió en venir a cumplir con su hermana. Nos iremos en cuanto termine la ceremonia.

​El silencio que siguió a la palabra "esposa" fue tan pesado que se podría haber cortado con un cuchillo. Rodrigo y Arthur intercambiaron una mirada de confusión absoluta.

​—¿Tu... esposa? —preguntó Arthur con la voz temblorosa.

​Connor, sin dejar de mirar a Arthur a los ojos, tomó la mano de Becca. Lo hizo con una delicadeza posesiva, levantándola para depositar un beso justo sobre el enorme diamante que brillaba en su dedo anular. El contacto fue lento, deliberado, asegurándose de que todos en el círculo lo vieran.

​Aquello cayó como un balde de agua helada sobre los dos hombres. El rostro de Rodrigo se desencajó por completo.

​—Te casaste... ¿con él? —Arthur reaccionó primero, señalando a Connor con un dedo tembloroso—. ¿Te casaste con Connor Beaumont, Becca Sinclair?

​Becca se acercó un poco más a Connor, dejando que su hombro rozara el de él. Sintió el poder emanando de su nuevo esposo y lo usó como un arma.

​—Soy Becca Beaumont ahora, papá —dijo ella, con una voz clara que se escuchó en los grupos cercanos—. Mi esposo y yo extendemos nuestras más sinceras felicitaciones por la boda de Chloe. Espero que sean tan felices como nosotros lo somos.

​Becca miró a Rodrigo a los ojos. El hombre que la había humillado por su peso, que la había culpado por la muerte de su hijo, ahora parecía un niño asustado frente a un titán. La venganza no solo había comenzado; ya estaba ganando.

​—Ahora, si nos disculpan —dijo Connor, rodeando la cintura de Becca con su brazo—, queremos saludar a otros invitados. Arthur, espero que tu bufete esté listo para lo que viene. Ustedes y yo tenenos muchas cuentas que saldar.

​Connor se llevó a Becca de allí, dejándolos petrificados en medio del salón. Becca caminaba erguida, sintiendo los ojos de todo Nueva York sobre ella, pero esta vez no eran ojos de burla. Eran ojos de miedo. Y el miedo era mucho más dulce que la lástima.

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