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Capítulo 3. La raíz de una decisión

El Bentley negro se deslizaba por las calles de Chicago con la suavidad de un depredador nocturno. En el asiento trasero, Becca —ahora oficialmente la señora Beaumont— observaba cómo las luces de la ciudad se difuminaban a través del cristal empañado por la lluvia. En su mano izquierda, el anillo de platino y diamantes se sentía como un grillete de lujo, un recordatorio constante de que su vida había cambiado de dueño por segunda vez en menos de un año.

​El silencio en el vehículo era denso, interrumpido solo por el sutil tecleo de Connor en su tablet. Becca cerró los ojos y se dejó caer contra el respaldo de cuero. De repente, el rugido del motor se convirtió en el eco de los últimos cuatro meses, arrastrándola de vuelta al inicio de su metamorfosis.

​Flashback

​El viento gélido de Chicago golpeaba los cristales de la pequeña oficina de Miller & Associates, pero dentro, el ambiente era cálido, impregnado del olor a café barato y papel impreso. Para Becca, ese aroma era el de la libertad.

​Durante los últimos ciento veinte días, Becca Sinclair había dejado de existir. En su lugar, una mujer llamada Becca William caminaba por las calles de la "Ciudad de los Vientos". Había alquilado un pequeño apartamento donde los grifos goteaban, pero donde nadie le recordaba cuántas calorías tenía su cena ni le gritaba que era un activo inservible.

Trabajaba como asistente legal en una firma que, aunque estaba a años luz del prestigio de la de su padre, le permitía recuperar los fragmentos de su alma.

​Se miró en el pequeño espejo de su escritorio. Su rostro ya no estaba hinchado por el llanto, y aunque sus curvas seguían ahí, imponentes bajo su blusa de algodón, ya no las veía como una condena. Eran su armadura.

​—¡Becca! ¡No vas a creerlo! —Luisa, su única amiga y el ancla de su nueva vida, irrumpió en su cubículo con los ojos como platos—. Han comprado la firma. Miller acaba de firmar los papeles. Nos han absorbido.

​Becca sintió una punzada de ansiedad. El miedo a la inestabilidad era su mayor enemigo.

​—¿Quién, Luisa? ¿Quién compró este lugar?

​—Una firma de Nueva York que está expandiéndose como un virus. Se llaman Beaumont & Associates. El dueño es un tal... Connor Beaumont.

​El nombre la golpeó como un rayo. Connor. El tiburón de Manhattan que había sido traicionado por una coalición liderada por su propio padre, Arthur Sinclair, y por Rodrigo Wester. Recordaba el escándalo que lo obligó a abandonar el país hace tres años.

Aquella tarde, mientras Luisa hablaba de recortes de personal, Becca solo podía pensar en una cosa: el destino le estaba entregando una espada.

​Esa misma tarde, el destino terminó de armarla. Una notificación de correo electrónico iluminó su pantalla con un nombre que le provocó náuseas: Chloe Sinclair. El mensaje era un veneno destilado:

"Espero que asistas. No quiero pensar que eres una rencorosa y que te escondes en ese agujero. Es hora de que enfrentes la realidad, hermanita".

​Al abrir el archivo adjunto, el mundo de Becca desapareció. "Chloe Sinclair y Rodrigo Wester te invitan a su unión matrimonial".

​Ni siquiera habían pasado cinco meses. Rodrigo no solo la había humillado y culpado por la tragedia de su embarazo; ahora se casaba con su hermana. Querían que ella fuera el "patito feo" en la boda del año, el blanco de todas las burlas. Pero mientras observaba la pantalla, la tristeza se transformó en una sed visceral de justicia.

​—Tú me ayudarás con esto, Connor —susurró a la imagen del abogado que encontró en internet—. Ambos tenemos una cuenta pendiente con ellos.

​Días después, Becca se encontraba frente a la gran puerta de roble de la oficina principal. Se detuvo un segundo, alisando su vestido azul marino. “Tú tienes el poder ahora, Becca. No eres la chica asustada de la fiesta”, se repitió.

​Al entrar, la presencia de Connor llenaba la habitación. Era más imponente de lo que recordaba. Él no levantó la vista de inmediato, dejando que el silencio la intimidara.

​—Buenas tardes, Connor —dijo ella con una firmeza que rompió el protocolo.

​Connor despegó la mirada de sus papeles. Sus ojos, gélidos y primitivos, la recorrieron con un análisis que la hizo estremecer.

​—Becca William... ¿o debería decir Sinclair? —preguntó él, señalando la silla frente a él.

​Becca se sentó, cruzando las piernas con elegancia. No había venido a pedir clemencia, sino a proponer una guerra.

​—Quiero ofrecerle un trato, señor Beaumont. Sabemos qué pasó en Nueva York. Sabemos que Arthur Sinclair y Rodrigo Wester falsificaron sus libros para destruirlo. Tengo las pruebas. Tengo las cuentas reales y los correos que mi padre guardaba en un servidor privado. Te ofrezco todo lo necesario para hundirlos, para verlos rogando por misericordia en una celda.

​Connor la analizó durante un minuto eterno, buscando un engaño que no existía.

​—¿Y qué quieres tú a cambio, Becca Sinclair?

​Becca se puso de pie, acortando la distancia hasta que pudo oler su perfume de maderas y acero.

​—Yo te daré las llaves de su reino para que lo quemes. A cambio... tú tendrás que casarte conmigo.

​Connor soltó una risa seca y cínica, pero al ver la determinación de acero en los ojos de ella, su expresión cambió.

​—Repítelo —ordenó él.

​—Connor Beaumont... cásate conmigo.

​Fin del Flashback

​El Bentley se detuvo frente al modesto edificio de apartamentos de Becca. El chofer abrió la puerta, pero ella permaneció un momento en las sombras del vehículo.

​—Tus cosas serán enviadas a la residencia Beaumont de inmediato —la voz de Connor, real y presente, la sacó de sus pensamientos. Él ni siquiera la miraba, seguía concentrado en sus asuntos—.

Mañana sale nuestro vuelo a Nueva York. Espero que estés lista para el espectáculo.

​Becca bajó del auto y subió a su viejo apartamento para recoger sus maletas. La soledad del lugar, que antes era su refugio, ahora le parecía pequeña. Se miró al espejo, tocando la banda de platino en su dedo. Recordó el momento, apenas unas horas antes, en que firmó el acuerdo final en la oficina de Connor. Recordó la mirada de él cuando le impuso las condiciones, especialmente aquellas cláusulas de comportamiento y permanencia.

​Recordó el fuego de la traición de Rodrigo y el desprecio de su padre.

​—Ya está hecho, Becca —susurró a su reflejo—. No hay vuelta atrás.

​No sabía si podría cumplir con cada una de las reglas de Connor, pero sabía una cosa: no volvería a ser la víctima. La venganza estaba servida en una copa de cristal fino, y ella iba a disfrutar de cada gota.

​Al salir del edificio, el chofer tomó sus maletas y las guardó en el maletero. Becca subió de nuevo al Bentley. Connor guardó su tablet y, por primera vez, se giró hacia ella. Su mirada no era la de un esposo, sino la de un general revisando a su mejor soldado.

​—Mañana, Nueva York volverá a ver a Becca Sinclair —dijo él con una voz que prometía tormenta—. Pero se encontrarán con la señora Beaumont. Y te aseguro que no sobrevivirán al impacto.

​Becca asintió, sintiendo cómo el poder de Connor la envolvía como una capa protectora.

—Que empiecen los juegos, Connor.

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