Mundo de ficçãoIniciar sessãoCinco años atrás, Andrés Vargas la dejó esperándolo en el altar sin una sola palabra de explicación. Hoy, la CEO más temida de Ciudad de México acaba de comprarlo en una subasta benéfica por trescientos mil pesos, y él no puede negarse. Las reglas son simples: treinta días a su servicio absoluto. Él obedece, ella cobra la deuda pendiente. Pero Valentina no sabe que Andrés lleva cinco años arruinado, perseguido y cargando un secreto que podría destruirla a ella también. Y Andrés no sabe que la empresa que ella construyó sobre sus cenizas está a punto de ser el objetivo del mismo hombre que los separó.
Ler mais—Dos millones.
Valentina Ríos ya tenía el abrigo en el brazo y los pies apuntando hacia la salida cuando Andrés Vargas subió al escenario, y fue exactamente en ese momento que sus pies dejaron de obedecerla.
Lo vio desde el fondo del Gran Teatro Nacional, desde esa columna de mármol donde se había refugiado durante la última hora para evitar exactamente el tipo de conversación que se produce en este tipo de galas cuando uno no tiene pareja y todos los demás sí. Lo vio subir los escalones del escenario con esa manera suya de moverse, tranquila y con peso, como si el suelo le perteneciera, y algo en su pecho hizo una cosa que no supo nombrar bien pero que reconoció de inmediato porque llevaba cinco años intentando no reconocerla.
Andrés Vargas. El hombre que la había dejado plantada en una iglesia con doscientas personas mirándola y un vestido que después no pudo ver sin que le dieran ganas de quemarlo. El hombre que le había prometido quedarse y después desapareció sin una llamada, sin un mensaje, sin la decencia mínima de una explicación. El mismo hombre que ahora estaba de pie bajo las luces del escenario con un traje que le sentaba demasiado bien para alguien a quien ella odiaba con tanta convicción.
El problema era ese. Que lo odiaba con toda la convicción del mundo y su cuerpo no se había enterado todavía. Su cuerpo lo miraba desde el fondo del salón y recordaba cosas que Valentina llevaba cinco años prohibiéndose recordar: la temperatura de sus manos, el peso de su brazo sobre sus hombros, la manera en que la miraba justo antes de besarla, como si tuviera todo el tiempo del mundo y nada más importante que hacer.
La conductora de la subasta benéfica explicaba las reglas con una sonrisa profesional: treinta días de acompañamiento personal al mejor postor. Todo muy elegante. Todo muy absurdo. Valentina no escuchaba las reglas. Valentina miraba a Andrés en el escenario y sentía que la rabia y el deseo eran la misma cosa con distinto nombre, y que esa confusión era el problema más peligroso que había tenido en años.
Las pujas empezaron. Un millón. Un millón cuatrocientos. La mujer rubia de la tercera fila levantó su paleta con la fluidez de quien ha hecho esto muchas veces, y algo en la manera en que lo hizo, en la manera en que sus ojos buscaron el escenario con una familiaridad que no era del todo pública, hizo que Valentina apretara el abrigo bajo el brazo.
Andrés recorrió el salón desde el escenario. Su mirada llegó a la columna de mármol del fondo y se detuvo. La encontró a ella, y la sostuvo, y no hizo nada con eso: no sonrió, no saludó, no mostró ninguna emoción identificable. Solo la miró, con esa calma suya que siempre había sido una forma de decirle cosas que no podía decir en voz alta.
La mujer rubia subió al millón ochocientos.
Valentina pensó en el vestido. Pensó en los cuarenta minutos en la sacristía. Pensó en cinco años construyendo algo desde cero para no necesitar a nadie, y en particular para no necesitar a ese hombre que estaba de pie en ese escenario mirándola como si los últimos cinco años no hubieran pasado.
Levantó la mano.
—Dos millones.
El salón tardó un momento en reaccionar. Nadie subió la puja. La conductora adjudicó con su martillo y Valentina estaba guardando su paleta en el bolso cuando sintió una mano sobre su brazo, una presión suave pero firme, y giró la cabeza.
La mujer rubia estaba a su lado. De cerca era más joven de lo que parecía desde lejos, con esos ojos claros que Valentina reconoció vagamente de alguna foto de revista, y una sonrisa que no tenía nada de amigable aunque quisiera parecerlo.
—Felicidades por la compra —dijo, con una voz baja que no llegaba más allá de las dos. —Aunque si fuera tú, sabría bien qué estoy comprando antes de firmar el contrato.
—¿Perdón? —dijo Valentina, con la educación fina y cortante de quien no necesita subir la voz para dejar claro que está a punto de hacerlo.
La mujer la miró con esa expresión de superioridad que tienen las personas que creen que poseen información relevante sobre algo que a ti te importa.
—Andrés no es un hombre fácil de tener cerca —dijo. —Yo lo sé mejor que nadie. —Una pausa calculada. —Mucho mejor.
Valentina la miró durante un segundo exacto. Después sonrió, con esa sonrisa suya que no llegaba a los ojos y que sus directivos conocían como la señal de que la reunión había terminado y habían perdido.
—Gracias por el consejo —dijo, y se dio la vuelta hacia el escenario donde Andrés acababa de bajar y la miraba desde la distancia con una expresión que ella no supo leer del todo pero que tenía algo de inevitabilidad, como si este momento fuera uno que él hubiera calculado con mucha anticipación.
La sala donde firmaron el contrato era pequeña, con una mesa de caoba, un abogado de la fundación y una luz cálida que lo hacía todo demasiado íntimo para una transacción que debería haberse sentido fría y simple. Valentina se sentó, revisó las páginas con la velocidad de quien ha leído cientos de contratos, firmó las primeras sin problema.
Cuando llegó a la última hoja, el abogado le extendió la pluma y Andrés estaba al otro lado de la mesa y el espacio entre los dos no era suficientemente grande. Valentina tomó la pluma y él no soltó el otro extremo de inmediato, y sus dedos quedaron sobre los de ella durante un segundo que no fue accidental. Ella lo miró. Él la miró. Ninguno de los dos dijo nada sobre el contacto. Él soltó la pluma.
Valentina firmó con una mano que mantuvo perfectamente estable porque eso era lo único que podía controlar en ese momento.
El abogado recogió los documentos y salió con esa discreción profesional de quien sabe cuándo sobra. La puerta cerró. Valentina guardó su copia del contrato en el bolso y se puso de pie con movimientos precisos, cada gesto calculado para parecer exactamente lo que quería parecer: una mujer que tiene todo bajo control y que acaba de hacer exactamente lo que tenía planeado hacer.
—El lunes a las ocho —dijo, caminando hacia la puerta. —Puntual. Trae ropa de trabajo, no de gala.
Tenía la mano en el pomo cuando él se movió. No lo escuchó levantarse. Lo escuchó acercarse, esos pasos tranquilos sobre el suelo de mármol, y antes de que pudiera abrir la puerta él estaba detrás de ella, demasiado cerca, su boca a la altura de su oído, y cuando habló el calor de su aliento le rozó el cuello de una manera que Valentina sintió bajar por toda la columna vertebral.
—Deberías haberlo pensado mejor, Valentina.
No era una advertencia. Era algo dicho desde una distancia que no debería existir entre dos personas que firmaban un contrato de negocios, con una voz baja y directa que no necesitaba volumen para llegar exactamente donde llegó.
Valentina abrió la puerta y salió porque si se quedaba un segundo más en esa sala con él a esa distancia iba a hacer algo que ninguno de los dos podría ignorar después. Cruzó el salón, recuperó su abrigo, bajó al coche. Cuando el coche arrancó sacó el contrato del bolso y lo abrió en la última página, en las líneas que no había terminado de leer antes de firmar.
Las leyó. Las releyó. Y entendió que Andrés tenía razón: debería haberlo pensado mejor. Porque lo que acababa de firmar no era solo treinta días. Era algo mucho más complicado, redactado por alguien que sabía exactamente qué botones apretar, con una firma al pie que no era del abogado de la fundación.
Era una firma que ella no reconocía.
El sueño no llegó. Valentina estuvo en su estudio hasta las dos de la mañana con el contrato abierto, buscando el nombre detrás de la firma que no reconocía, tirando del hilo de una firma que había llevado a una empresa, y esa empresa a un socio, y ese socio a un nombre que cuando apareció en la pantalla hizo que su mano se detuviera sobre el teclado.Rodrigo Castellanos.Lo buscó durante veinte minutos más, no porque necesitara confirmar que era real sino porque mientras buscaba no tenía que procesar del todo lo que significaba. Encontró su participación en el fondo Altea. Encontró los cuatro nombres de empresas competidoras donde Castellanos tenía participación silenciosa. Encontró registros de su empresa reactivada seis semanas antes de la gala, con una precisión temporal que no era coincidencia sino calendario. Y encontró, en un artículo de cinco años atrás enterrado en la hemeroteca de un diario financiero, su nombre vinculado al colapso del grupo Vargas Capital.El mismo día. To
El jueves por la noche, Valentina salió de su estudio pasadas las once buscando agua y encontró la luz del comedor encendida, los estados financieros de Ríos Consulting extendidos sobre su mesa y a Andrés Vargas inclinado sobre ellos con el lápiz en la mano como si ese fuera su despacho y esos fueran sus documentos.Se quedó parada en el umbral durante un momento. Lo suficiente para ver que llevaba un buen rato ahí, que las anotaciones en los márgenes eran numerosas y ordenadas, que había estado estudiando sus finanzas con la concentración de alguien que busca algo específico. Después entró al comedor.—¿De dónde sacaste eso?Andrés levantó la vista sin apresurarse.—Del cajón de tu estudio. Estaba abierto.—Que esté abierto no te da acceso a nada. Valentina caminó hacia la mesa. —Esos documentos son confidenciales. No los tocas. No los lees. No entras a mi estudio sin que yo te lo pida. ¿Queda claro?—Hay una trampa en tu contrato con Altea —dijo él, sin moverse de la silla. —Página
El miércoles por la mañana, Valentina le dijo a Andrés que se pusiera el traje gris, el más viejo que había traído, y que llevara la carpeta con las proyecciones del tercer trimestre. No le dijo adónde iban. No le dijo quién estaría ahí. Lo dejó descubrirlo solo, porque esa también era una forma de humillación.La sala de juntas del piso diecisiete de Ríos Consulting tenía doce sillas y ese miércoles las doce estaban ocupadas. Directivos, inversores, el abogado corporativo. Personas que en otra época habrían llamado a Andrés Vargas por su nombre en salas similares a esa, que habrían escuchado su opinión antes de tomar decisiones que movían millones. Valentina lo sabía. Por eso lo había traído.Entró a la sala con él dos pasos atrás y dejó que todas las miradas hicieran su trabajo. Se sentó en la cabecera, abrió su carpeta y señaló con la barbilla la silla junto a la pared, la que no estaba en la mesa sino apartada de ella, la silla donde se sentaban los asistentes que venían a tomar n
Andrés Vargas llegó al penthouse el lunes a las ocho en punto con una maleta pequeña de ruedas y la misma expresión de la noche de la gala, como si treinta días en casa de la mujer que lo había comprado en una subasta fuera algo que él hubiera tenido planeado desde mucho antes de que ella levantara la mano.Valentina abrió la puerta en traje sastre, con el café en la mano y sin ningún gesto de bienvenida, porque esto no era una bienvenida. Era el primer día de trabajo de su asistente personal, y los asistentes personales no recibían bienvenidas, recibían instrucciones.—Pasa —dijo, dándose la vuelta sin esperarlo.Lo llevó por el pasillo con paso deliberado, pasando de largo el cuarto de invitados con su cama king y su terraza, pasando de largo el estudio con su sofá de cuero y sus ventanas enormes. Abrió la última puerta de la izquierda y se hizo a un lado. La habitación del servicio tenía una cama individual, un escritorio pequeño y una ventana al patio interior donde los tubos de v










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