Mundo ficciónIniciar sesiónCinco años atrás, Andrés Vargas la dejó esperándolo en el altar sin una sola palabra de explicación. Hoy, la CEO más temida de Ciudad de México acaba de comprarlo en una subasta benéfica por trescientos mil pesos, y él no puede negarse. Las reglas son simples: treinta días a su servicio absoluto. Él obedece, ella cobra la deuda pendiente. Pero Valentina no sabe que Andrés lleva cinco años arruinado, perseguido y cargando un secreto que podría destruirla a ella también. Y Andrés no sabe que la empresa que ella construyó sobre sus cenizas está a punto de ser el objetivo del mismo hombre que los separó.
Leer másEl vuelo de regreso a Ciudad de México duró dos horas y dieciséis minutos, tiempo suficiente para que Valentina repasara mentalmente cada error de los últimos cuatro días, ordenara sus prioridades profesionales en tres categorías de urgencia, y fingiera dormir durante cuarenta minutos para no tener que hablar con Andrés, que estaba sentado a treinta centímetros de ella con la concentración de alguien que está leyendo documentos importantes y la actitud de alguien que sabe perfectamente que ella no está dormida.Era un hombre irritantemente perceptivo.El aeropuerto la recibió con el ruido habitual, ese caos organizado que Ciudad de México mantenía como política de bienvenida, y Valentina sintió algo parecido al alivio cuando pisó suelo conocido. La villa de Castellanos había tenido la cualidad perturbadora de los lugares donde uno no controla las reglas. Aquí, al menos, ella conocía el tablero.Lo que no esperaba era encontrar a Guillermo Salas esperándola en la salida de llegadas con
La fotografía llegó antes que el café.Valentina lo supo porque su teléfono vibró tres veces seguidas a las seis cuarenta y dos de la mañana, que era exactamente el tipo de hora a la que solo ocurren catástrofes o mensajes de su madre, ambas categorías igualmente devastadoras. Tomó el aparato con la parsimonia de quien todavía no ha decidido si quiere pertenecer al mundo de los despiertos, y entonces lo vio.Era una fotografía nítida, tomada desde el pasillo del hotel con la puerta entreabierta, que capturaba con una claridad ofensiva el momento exacto en que Andrés Villanueva la había besado en el umbral de la habitación 412. No era un beso ambiguo. No era el tipo de imagen que admitía interpretaciones alternativas ni pies de foto creativos. Era, en todos los sentidos técnicos y emocionales del término, un beso que no tenía ningún negocio apareciendo en el grupo de WhatsApp de la Junta Directiva de Empresas Castellano a las seis cuarenta y dos de la mañana de un martes.Lo había envi
El amanecer llegó sin permiso, como suele hacerlo cuando uno preferiría que el tiempo se detuviera en algún punto conveniente de la noche anterior. Andrés lo vio filtrarse por las persianas de la habitación 412 con la misma expresión con que un hombre observa una citación judicial: reconociendo que era inevitable, lamentando que hubiera llegado tan pronto.Valentina dormía.No era información que él hubiera buscado activamente, pero tampoco podía ignorarla dado que ella ocupaba los dos tercios centrales de la cama con la autoridad territorial de alguien que ha decidido, incluso en sueños, no ceder posiciones. Él, en cambio, había pasado las últimas horas en el borde derecho del colchón, en una postura que cualquier fisioterapeuta habría calificado de imprudente, convenciéndose de que el beso había sido un error de cálculo. Una anomalía estadística. El tipo de cosa que ocurre cuando dos personas acumulan demasiada tensión en espacios demasiado pequeños durante demasiados días consecuti
La carpeta seguía abierta sobre la cama cuando Valentina entró sin llamar.Era un hábito que había desarrollado en los últimos días, el de no anunciar su presencia, como si la sorpresa pudiera revelar algo que la cortesía ocultaría. Lo que no había calculado era encontrar a Andrés de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados y la expresión de alguien que lleva horas esperando una conversación que no sabe cómo empezar.—Sabía que vendrías —dijo él, sin voltearse.—Qué conveniente —respondió Valentina, cerrando la puerta detrás de ella con más calma de la que sentía—. ¿También sabes por qué?—Porque leíste la carpeta.Ella no lo negó. Habría sido inútil, además de agotador, y Valentina Ríos llevaba demasiados años administrando su energía como para desperdiciarla en mentiras que nadie creería. Cruzó la habitación despacio, como si el suelo pudiera hundirse si pisaba demasiado fuerte, y se sentó en el borde de la cama con la carpeta sobre las rodillas. Las fotos. Los documentos. L





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