Kowloon no era una ciudad; era un organismo vivo, un parásito de acero y cables que se alimentaba de la desesperación de millones. Alessandra y Dante se habían refugiado en un "piso colmena", una unidad de apenas seis metros cuadrados en el piso treinta de un edificio que parecía sostenerse por pura inercia. El aire allí olía a metal oxidado y a la sopa instantánea que se cocinaba en el pasillo.
Dante estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la puerta reforzada, limpiando una herida s