Li Yue observaba el gran ventanal de su oficina en el último piso de la Torre Gweilo, pero no veía el puerto de Victoria. Veía el reflejo de un hombre cuyo imperio se estaba desintegrando en hilos de código binario. En las pantallas que rodeaban la estancia, los números rojos caían como una lluvia de sangre: sus cuentas en las Islas Caimán, sus depósitos en Macao, incluso sus fondos de reserva en criptodivisas… todo se desvanecía.
Sostenía un vaso de whisky con una mano tan firme que los nudi