La noche en la mansión Cavallaro olía a pólvora y a lluvia inminente. En la armería privada de su padre, Alessandra observaba su reflejo en el acero de una daga de combate. Ya no llevaba el encaje negro del funeral; vestía un traje de seda carmesí, tan oscuro que parecía sangre seca bajo las luces del búnker.
Dante estaba sentado frente a ella, desmontando y limpiando su rifle con una precisión mecánica que delataba su ansiedad. El silencio entre ellos era un hilo tenso a punto de romperse.