El cielo de Cartagena amaneció plomizo, como si las nubes también guardaran luto por Franco Cavallaro. La Plaza de Bolívar estaba blindada. No solo por la Policía Federal, que mantenía un perímetro de seguridad tras los eventos de la Catedral, sino por hombres de traje oscuro y pinganillo en la oreja que no respondían a ninguna ley escrita.
Alessandra se miró al espejo por última vez. Llevaba un vestido negro de encaje hasta la rodilla, un velo sutil que sombreaba sus ojos y perlas que habían