C3. El primer malentendido.

Giovanni Ferrari.

Después de terminar la fiesta, sin despedirnos de los invitados, salimos de manera sigilosa del salón. Un auto nos estaba esperando afuera, para llevarnos a la suite del hotel donde pasaríamos la primera noche de bodas.

Estaba muy nervioso, porque era la primera vez que haría el amor con la mujer que amaba, y aunque yo era un experto en esas lides, o por lo menos eso era lo que me decían, en ese momento me sentía nervioso, porque deseaba gustarle.

Al entrar en nuestra habitación, el aire estaba impregnado de un aroma a flores frescas, y la luz tenue de las velas danzaba suavemente en las paredes. La cama, adornada con sábanas de seda, mientras en el centro había un corazón hecho de pétalos de rosa roja y una botella de champán a un lado, daba la impresión de ser  un refugio de ensueño. 

Francesca se movió nerviosamente por la habitación; sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y miedo. Mientras la miraba, mi corazón latía más rápido, y no podía evitar sentirme un poco ansioso. Este era nuestro primer momento juntos como marido y mujer, y quería que fuera todo perfecto.

—Voy a ir un momento al baño —dijo ella un poco nerviosa.

Yo asentí y me quedé viendo por los ventanales de la habitación  las luces de la ciudad. Después de unos minutos que me parecieron eternos, ella salió del baño; me giré a verla. 

Cuando la vi, un escalofrío recorrió mi cuerpo al ver su elección de vestimenta: un camisón victoriano que le cubría desde el cuello hasta los tobillos. El tejido blanco, suave y vaporoso, le daba un aire angelical, pero su apariencia recatada me sorprendió. 

Tenía encajes delicados que caían suavemente sobre su piel. Las mangas largas y sueltas le daban un aire de elegancia y misterio; pese a ello, no pude evitar sonreír al verla. 

—¿Te has escapado de una novela de Jane Austen? —le dije en tono de broma, intentando romper el hielo.

La risa era mi refugio, mi forma de lidiar con la tensión que se había acumulado durante los días previos a la boda.

Sin embargo, mi comentario no tuvo el efecto que esperaba. Francesca se giró lentamente, y su expresión cambió de sorpresa a confusión, y luego a una leve molestia. 

—¿Qué quieres decir con eso, Giovanni? —preguntó, su voz, un susurro que apenas podía oírse sobre el suave murmullo del viento, mientras alzaba su mirada con evidente molestia. 

Justo en ese momento me di cuenta de que había cruzado una línea que no debía haber tocado; intenté rectificar.

—Solo bromeaba, amor. Es un hermoso camisón, solo que fue algo inesperado. —Ella me miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza y allí me di cuenta de que quedaba bien el dicho: no aclares que oscureces.

—¿Qué quieres decir con inesperado? —preguntó. Su tono era un tanto defensivo.

—Solo que... —quise seguir bromeando—, esperaba algo un poco más... provocativo. No sé, quizás, un encaje o algo que dejara entrever un poco más de piel.

La expresión en su rostro cambió instantáneamente. Lo que había comenzado como un intento de aligerar el ambiente, ahora se transformó en un malentendido que sentí pesar como una losa sobre mis hombros.

—¿Provocativo? —replicó, frunciendo el ceño—. ¿Acaso crees que debo vestirme como una fulana en mi primera noche de bodas?

—Espera un momento, Florella Francesca —le dije su nombre completo, sin poder contener un poco de irritación, pero era más con su madre, porque seguramente le había inculcado esas absurdas ideas—. El hecho de que una mujer se vista así para su pareja, no significa que es una fulana. Y lo que dije no era para ofenderte, —dije, dando un paso hacia ella, pero ella retrocedió ligeramente, como si necesitara espacio. —Solo fue una broma para aligerar el ambiente y romper el hielo entre nosotros.

Sin embargo, la incomodidad se instaló entre nosotros como un manto pesado. Francesca se volvió hacia la ventana nuevamente, y yo me quedé allí, en silencio, sintiendo cómo la culpa comenzaba a apoderarse de mí. No debí haber dicho nada, debí morderme la lengua, me regañaba.

 ¿Por qué hice ese comentario? Me pregunté, porque en lugar de relajar el ambiente como era mi intención, lo había enrarecido. ¡Qué más daba! Ella podía vestirse como se le diera la gana, porque ahora, por mi culpa, la noche que debería ser mágica, ahora se sentía asfixiante, como en una especie de laberinto del que no podía escapar.

Decidí que lo mejor sería dejar que el silencio hiciera su trabajo. Me acerqué a la cama y me senté al borde, sintiendo la suavidad de las sábanas bajo mis dedos. 

La luz de la habitación era tenue, solo alumbrada por las lámparas de las mesitas de noche, que apenas iluminaban nuestros rostros. 

Nos quedamos en silencio, y luego de un tiempo que pareció eterno, ella por fin rompió el silencio.

—Giovanni —su voz aún cargada de una mezcla de confusión y descontento. —No entiendo por qué hiciste ese comentario. No me parece un chiste… es algo que elegí con cuidado para esta noche, siento mucho que no cumpliera tus expectativas… yo… no estoy acostumbrada a vestir esas cosas que pareces desnuda. ¡Eso me avergonzaría! —dijo mientras su rostro se teñía de carmesí.

Cuando la vi, me di cuenta de que mi broma la había lastimado; me acerqué a ella y la giré hacia mí.

—Lo siento, Francesca, no quise hacerte sentir de esa manera —pronuncié en tono suave, mientras levantaba mi mano y acariciaba con suavidad su rostro.

Su mirada se encontró con la mía, y en sus ojos vi una chispa de decepción y preocupación. 

—Quería que esta noche fuera especial, y no sé si lo será si mi ropa te causa risa.

Mis palabras se atascaron en mi garganta, pero finalmente hablé.

—Lo siento, por ofenderte. Solo... no sabía cómo manejar la situación.

 La verdad era que la presión de la noche, la expectativa de lo que debía suceder, me había hecho actuar de manera torpe. 

—Eres hermosa, y ese camisón es un símbolo de lo que estamos comenzando juntos y te prometo que esta noche será la más especial de tu vida.

—La verdad es que lo que más deseo es estar aquí contigo, compartiendo este momento. Eres todo lo que he querido, y estoy aquí para amarte, sin importar cómo te vistas.

Francesca respiró hondo, y su expresión comenzó a relajarse. La tensión en el aire se disipó lentamente, como si una brisa suave hubiera atravesado la habitación.

—Gracias, Giovanni —dijo, su voz aún un poco temblorosa pero con una nota de gratitud—. Solo estoy un poco asustada. Todo esto es nuevo para mí.

—Lo entiendo —respondí, acercándome más a ella. —Y está bien tener miedo. Es una noche importante, y no quiero que sientas presión. Estoy aquí para ti.

Con esas palabras me acerqué a ella, la tomé de la nuca y uní mis labios con los suyos con suavidad, hundiéndome en la calidez de su boca y en lo dulce de su aliento, controlando mis inmensos deseos de unirme a ella, pero sabía que con ella debía tener paciencia, no era cualquiera… era mi esposa, la mujer que amaba, la que había escogido por el resto de mi vida.

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