C2. El poder de la decisión.

Giovanni Ferrari.

Francesca inhaló profundamente, como si estuviera buscando las palabras adecuadas, mientras yo sentía cómo, con cada segundo que ella no respondía, mis nervios iban en aumento.

Finalmente, se volvió hacia su madre y, con una voz clara y decidida, le respondió.

 

—No puedo vivir mi vida… a través de tus miedos, mamá. Te quiero, pero esta es mi decisión. Giovanni y yo nos amamos. Él es el hombre que elegí para pasar el resto de mi vida. Espero que puedas entenderlo.

Mientras sus palabras resonaban con fuerza en el silencio de la iglesia, yo sentí que el alma volvía a mi cuerpo. A punto estuve de saltar en un solo pie, feliz por su decisión, y no era porque no me iba a dejar en el altar ante esa gente, sino porque la amaba profundamente y no me imaginaba vivir mi vida sin ella.

Antes de Francesca, yo había sido un hombre promiscuo; no lo niego. Dado a las fiestas, cambiaba de mujer con la misma frecuencia que cambiaba mis calzones, y es que en la mañana podía estar con una y en la noche con una diferente, pero todo cambió al conocerla a ella.

Cuando nuestras miradas se encontraron por primera vez, me sentí realmente conectado.

Había sido en una fiesta empresarial, donde ella había ido con su padre. Los Castello eran una familia con una buena posición social; sin embargo, eran extremadamente religiosos, demasiado conservadores, de esos de que las visitas a sus hijas debían hacerse en la sala y con un chaperón al lado, de las que le dicen a sus hijas que no deben dar la prueba de amor, si no que deben llegar vírgenes al matrimonio.

Pese a ello, yo, siendo como era, acepté todas esas condiciones porque me había enamorado irremediablemente de ella. Era una mujer de veinte años, de buena estatura, delgada, de ojos claros y con facciones delicadas, tímida para algunas cosas, aunque de decisiones firmes, y eso era lo que más me atraía de ella.

Por eso, el hecho de que ella retara a su familia para venir a casarse conmigo, sin su aprobación, y que ahora mantuviera la firmeza de su decisión frente a su madre, quien la miraba sorprendida, para mí era la prueba más grande de amor.

—Te vas a arrepentir de esto… ustedes no serán felices… porque no son iguales… él te va a anular —expresó la mujer apretando los dientes con evidente enojo.

Pensé por un momento que esas palabras pudieran influir en ella, pero no fue así.

—Lo siento, mamá, los amo, pero tengo derecho a tomar mis propias decisiones… si me equivoco, habré aprendido de ellas —articuló con determinación.

Su madre, sorprendida, se quedó en silencio, mientras los murmullos en la iglesia se transformaron en aplausos. Con una última mirada de desafío, Francesca giró hacia mí.

—Sí, Giovanni. Voy a casarme contigo.

Sentí que el aire regresaba a mis pulmones y mi corazón estalló de alegría. La sonrisa que me regaló era todo lo que necesitaba, mientras su madre se retiraba con su séquito, visiblemente alterada.

La ceremonia avanzó sin más interrupciones. Nuestros votos fueron sinceros, impregnados de amor y promesas. 

A pesar de lo ocurrido, Francesca se veía radiante mientras el clérigo pronunciaba las palabras que unirían nuestras vidas para siempre. Cuando finalmente se convirtió en mi esposa, el mundo exterior se desvaneció. Solo existíamos nosotros dos.

Levanté su velo con suavidad; por un momento la miré, tratando de grabar en mi mente cada segundo de ese instante y cada facción de su rostro. Con delicadeza me acerqué a ella y uní mis labios con los suyos en un beso impregnado de ternura.

Después de la emotiva ceremonia, la celebración se trasladó a un hermoso salón decorado con luces brillantes y flores frescas. Las risas y los brindis llenaban el aire mientras la música comenzaba a sonar. 

La fiesta se convirtió en un torbellino de alegría y felicidad, donde los invitados disfrutaban del momento.

Llegó el momento de nuestro primer baile juntos. Al llegar al centro de la pista, tomé su mano y la atraje hacia mí. La música suave del vals comenzó a sonar, y nos unimos en un baile que parecía sacado de uno de esos cuentos infantiles que las madres les cuentan a sus hijas.

Francesca se notó un poco nerviosa al principio, pero pronto se dejó llevar por la melodía, sus ojos fijos en mí mientras nos movíamos. 

Su belleza brillaba con cada giro, y me sentí afortunado de tenerla a mi lado. El momento era perfecto, un instante que deseaba que durara para siempre.

Mientras girábamos, noté a una de mis tías acercándose a nosotros. Su expresión era amable, pero había una preocupación en su mirada.

—Giovanni, ¿podemos hablar mientras bailamos un momento? —dijo, haciéndole seña a uno de mis primos para que tomara mi lugar junto a mi esposa.

Me alejé de Francesca, sin poder evitar sentir un ligero tirón en mi pecho. Aunque no quería escuchar a mi tía, porque tenía un mal presagio, no pude negarme y accedí con una sonrisa.

—Claro, tía. Bailemos —al comenzar a bailar, no pude evitar preguntarle—. ¿Qué sucede?

Nos alejamos un poco de los demás, mientras esperaba su respuesta.

—Hijo, quiero desearte toda la felicidad del mundo con Francesca —comenzó—, y aunque su voz era suave, la preocupación en sus ojos no me pasó desapercibida. —Pero debo ser honesta contigo. Me parece que tú y Francesca son tan diferentes... Ella es demasiado tímida, muy… conservadora, demasiado fría y tú… extrovertido, cálido. Temo que no te entienda, que te haga a un lado en algún momento.

Sus palabras resonaron en mi mente. Pude sentir la incertidumbre que me rodeaba, y aunque no quería aceptar esa idea, sabía que mi tía realmente estaba preocupada. 

—Entiendo tus preocupaciones, tía. Pero lo que siento por Francesca es verdadero. Ella es mi todo, y haré todo lo posible para hacerla feliz —respondí con sinceridad.

—No lo dudo, Giovanni. Pero el amor no siempre es suficiente. Las diferencias pueden crear brechas —dijo, con un tono de advertencia. —La he visto en eventos sociales, y no me malinterpretes, La aprecio. Pero no quiero que debas anularte tú para hacerla feliz a ella, aunque tampoco quiero que se sienta desplazada o menospreciada… Si logran equilibrar eso, van a ser felices, pero si no van a sentir ese matrimonio más como una cárcel que el oasis que esperan encontrar. 

Negué con la cabeza, tomando un respiro profundo para calmarme.

—Eso no va a pasar. Francesca y yo nos complementamos. Yo la admiro por su dulzura y su forma de ver el mundo. Su timidez es una de las cosas que más amo de ella —respondí con pasión, tratando de hacerle entender que lo nuestro era especial.

Mi tía asintió lentamente, su mirada suavizándose un poco.

—Espero que tengas razón, Giovanni. Tú, tú eres como un hijo para mí y solo quiero lo mejor para ti.

—Y yo también —respondí firmemente. —Te prometo que seremos felices.

Ella sonrió levemente, satisfecha con mi respuesta. Luego cambiamos de pareja, así que tuve a mi esposa de nuevo en mis brazos, me di cuenta que se veía visiblemente ansiosa.

—¿Todo bien? —preguntó, su voz cargada de preocupación.

—Sí, todo bien, mi amor —le dije, tomando su mano y atrayéndola hacia mí. —Nada de lo que debas preocuparte.

Volvimos a comenzar a bailar, pero esta vez con una conexión aún más profunda. La música envolvía nuestras almas mientras nuestros cuerpos se movían al ritmo del vals, y cada giro parecía acercarnos más.

Mientras girábamos, nuestras miradas se encontraron con un brillo especial. Francesca sonrió, disfrutando del momento, y yo le correspondí al ver su felicidad.

—Eres tan hermosa —le murmuré, mi voz apenas audible entre la música.

—Y tú también, Giovanni. Me siento tan feliz —respondió, sus ojos brillando de forma especial.

 

Después de un par de danzas más, la música cambió a algo más alegre. Las luces parpadearon, y la fiesta se llenó de energía. La risa y los aplausos resonaron a nuestro alrededor, mientras los demás invitados se nos unían en la pista. 

La celebración continuó con bailes, risas y brindis. En cada momento, Francesca y yo compartíamos miradas que hablaban más que las palabras.  

—¿Te parece bien si hacemos un brindis? —pregunté, levantando mi copa hacia ella. 

—Me encantaría —dijo, levantando la suya para chocar contra la mía. —Por nosotros, y por un futuro lleno de amor.

—¡Por nosotros! —exclamé, y el sonido de nuestras copas resonó, simbolizando el comienzo de nuestra nueva vida juntos.

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